jueves, 2 de septiembre de 2010

¿Por qué buscamos controlar al otro?

¿A cuál niña no le encantan las princesas de Disney, con sus hadas madrinas, sus zapatos de cristal, esos vestidos largos y brillantes? ¿Se me olvida algo? ¡Claro! La mejor parte, sin ella el cuento no sería perfecto: esa última parte de la historia cuando aparece el soñado príncipe azul, se enamora de la dulce muchacha, le declara su amor y… vivieron felices para siempre.
Desde los 8 años quedamos hipnotizadas con nuestra propia historia de amor hasta que después de los 20 se convierte en tragedia de amor o en plural: ¡tragedias de amor!
Entonces comienza el interminable calvario: ¿por qué me dejó? ¿La otra es más bonita? ¡Pensé que éramos el uno para el otro!, ¡yo confiaba en él!
Tenemos un serio problema para enfrentar el fin de una relación, ¿por qué? El problema principal es que consideramos al otro como un objeto más de dominación. Andamos por la vida como estúpidos pensando que somos una media naranja en busca de su otra mitad. Nada de eso, nadie es media naranja, nadie está ni más ni menos completo en función de tener pareja.
La inseguridad y la baja autoestima nos juegan sucio. Esos anuncios en los periódicos de brujos, chamanes, espiritistas con el secreto para “amarrar el verdadero amor” responden a esa enfermiza actitud de querer poseer a la pareja eternamente o hasta que yo me canse (pero no viceversa).
El amor y el afecto duran el tiempo que deba ser y punto. No hay “vivieron felices para siempre”. Hay parejas que trabajan todos los días por cultivar su relación, hay otras que se descuidan mutuamente, hay quienes soportan juntos la tormenta y hay quienes no pueden comprometerse largo tiempo. No conocemos el futuro, el amor se siente ahora, se siente y se disfruta hoy, mañana quién sabe si otro nos robará el sueño. Nadie nos pertenece, cada quien es libre de enamorarse las veces que quiera y de terminar las necesarias.
Soy una persona valiosa, completa, que disfruta de cada día como si fuera el último, que se aferra a la vida con las uñas, que no tiene miedo de degustar el amor sin límite y conciente de que puede acabarse como todo lo demás.

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